Pintura al Óleo, Paisajista, Restauraciones, Talleres de Pintura en Villa de Leyva
Restauración y Certificación de la obra del Maestro Ricardo Gómez Campuzano

Como escuchar el llamado de la sangre

La vida artística no aparece cuando se comienza a pintar. Sino escuchando. Un tiempo ritmo interno.

Un legado oculto que lucha por salir. Una apreciación sincera del entorno más íntimo. Década del setenta. Mirando los primeros apuntes de Margarita nos conmueve presentir ese correcto sentido de la valoración pictórica. Discernimiento. La verdad está ahí, desnuda y tensa por las directas palabras del maestro que se ha detenido un momento para evaluar el último intento de su hija. Yo apenas tengo ocho años. La veo borrar y repetir. Medir la distancia. La luz. El horizonte. Una y otra vez. Paciente como cuando me ayuda a estudiar matemáticas o los presidentes de Colombia, pero más cercana de la patria que todos ellos por alguna misteriosa razón que me intrigaba. Las luces del estudio se apagan a las siete de la noche. Hay que lavar los pinceles, quitarse el olor a trementina y óleo. Una última mirada llena de preocupación al cuadro en proceso.

No son días de muchas palabras. Hay que obedecer. Retener. En una carrera contra el tiempo y de la mano de su padre, el maestro Gómez Campuzano, Margarita está aprendiendo a escuchar el llamado de la sangre. Un ejercicio que difícilmente olvidará. La fidelidad a los principios consolida su libertad como artista. Su sentido natural se somete a la dirección espiritual del hombre que ya parte. La piedra angular ha sido puesta. El tiempo puede seguir su marcha. Década de los ochenta. La semilla ha muerto pero sólo para llevar más fruto. La dolorosa ausencia de Ricardo parece surtir un efecto vigorizante en la vida artística de su hija quien sale a cumplir nuevas y viejas citas de amor con una tierra que susurra el deseo de reposar de la guerra. Y así, anhelantes de ese reposo, naturaleza y artista se hacen compañeros de sueños, intercambian secretos, hacen pactos de color y de interpretación, de impresión y de nostalgia.

Quien conoce esta plácida relación entiende fácilmente por qué la producción de Margarita se multiplica tanto. Las horas en el estudio son como el paso de los recuerdos enamorados por la mente, que luego de ser meditados por la artista llegan a la retina del público en forma de colorida evocación y traen a la memoria esa importante sinfonía que duerme en los sentimiento y es única y real para cada quien. Logramos oírla porque Margarita un día tomó la opción de escuchar y desde entonces no puede dejar de hacerlo.

Hoy, en la madurez de los noventas, vemos aparecer con satisfacción grandes formatos, pinceladas desinhibidas llenas de conocimiento y combinaciones de color abandonadas con confianza en el más puro instinto. Los bodegones, área en la que se ha destacado desde sus inicios, cautivan la atención con su rica exhibición de técnica del claro-oscuro, texturas y relieves. Los retratos, especialmente apreciados por su menos cuantiosa elaboración, revelan, entre muchas otras virtudes de su pintura el secreto de la transparencia del alma humana

Por estas y otras razones, quienes admiramos su obra con criterio y con el corazón deseamos muchos años más de éxitos a Margarita, una persona que, además de ser mi madre pasa por el mundo con el maravilloso don de reconciliar a cualquiera con la vida.

Francisco Rengifo Gómez