Pintura al Óleo, Paisajista, Restauraciones, Talleres de Pintura en Villa de Leyva
Restauración y Certificación de la obra del Maestro Ricardo Gómez Campuzano

Margarita Gómez de Rengifo, Orígenes y Actualidad de su Obra Pictórica

Por Álvaro Rengifo

En el colegio de las monjas Ursulinas, en la ciudad de Toronto, estudiando música y ballet, dirigiendo la orquesta infantil del colegio, a la edad de 5 años, Margarita Gómez tomó contacto directo con lo que sería su gran pasión a lo largo de la vida. El Arte.

Comenzaba la década de los cincuenta y el mundo soñaba con mejores horizontes. Margarita también tenía los suyos, que eran nada más ni nada menos, que bailar como Tamara Toumanova expresión que claramente manifestó cuando regresó a Colombia del Canadá e ingreso a la Academia de Ballet de Beatriz Kopp, en compañía de las hoy notables bailarinas Ana Consuelo Gómez y Amparo Ramírez sus amigas y compañeras en estos primeros sueños infantiles en lo estético.

Fueron pues el ballet y con él la música, sus primeros aliados para penetrar en el misterioso, enigmático, difícil y maravilloso mundo artístico. Simultáneamente, el deseo de pintar y convertirse en discípula de su padre, era un pensamiento que rondaba por su mente, en medio de sus fantasías musicales.

Cuando recorría los pasillos de su casa de la calle 80, observando detenidamente cada cuadro del Maestro Gómez Campuzano pensaba que la grandeza de su padre, al pintar con su capacidad para trasportarla a los sitios reales donde tomaba sus apuntes, era algo solo reservado a personas como él, mezcla de ser real, papá hombre, maestro, pintor, mago, genio, artista.

Sus primeros trabajos escolares en donde tuviera que ver el dibujo, llevaban ya lecciones de pintura aprendidas. No calcar! El pecado más grave que podría cometer un joven deseoso de pintar, era calcar.

Margarita colmaba sus cuadernos de canto con figuras tomadas de los cuadros de su padre, no siempre comprendidas por las profesoras de la época, preocupadas más por la presentación de trabajos precisamente calcados.

Solitaria en estos momentos en sus reflexiones pictóricas, se refugiaba en los estudios del bachillerato en donde siempre obtenía excelentes notas.

En esa lucha interna y extensa por demostrarle a la familia sus auténticas inclinaciones artísticas, logró ganar una primera batalla cuando su afición a la guitarra clásica pudo tener una orientación a cargo del Profesor Jorge Núñez Pontón, hijo del pintor Luis Núñez Borda. Margarita estudiaba 8 horas diarias guitarra con dos fines: el primero, conocer y acercarse al instrumento y segundo sintiéndose preparada interpretar un pequeño repertorio con el cual llegarle a sus padres para que comprobaran que era capaz de producir un momento artístico.

Circunstancias familiares la llevaron por primera vez a Europa en 1960, en donde tuvo la suerte de recorrer museos y colecciones de pintura con la guía amena y critica de su padre, quien después de escuchar su guitarra, había comprendido que tenía talento y por ello le había prometido una buena guitarra española, comprada en España. Así sucedió; y de este viaje surgió no solo el conocimiento de Gómez Campuzano sobre las posibilidades artísticas de Margarita, sino uno de los estímulos que ella más necesitaba en ese momento tan importante de su vida, como era el que su padre y también su madre Inés Delgado de Gómez, se fijaran en sus sueños y posibilidades reales en el arte.

El paso definitivo se dio, cuando consiguió matricularse en el Real Conservatorio de Música en Madrid para seguir la carrera de guitarra clásica bajo la dirección del Maestro Regino Sainz de la Maza, titular de la Cátedra, guitarrista insigne, a quien el inolvidable compositor Joaquín Rodrigo le dedico el conocido y famoso concierto de Aranjuez, que Saínz de la Maza estrenó en el otoño madrileño de 1942, en el teatro Real de Madrid, con la Orquesta Sinfónica Nacional de España bajo la dirección del malogrado Ataúlfo Argenta.

Tuve la oportunidad de conocer a Margarita en estos tiempos, el Madrid de 1962, y me acerqué a ella, entre otras muchas razones, por la manera como se expresaba de su profesor de guitarra por quien profesaba verdadera admiración y por la ilusión que sentía ante la posibilidad de organizar una exposición individual del Maestro Gómez Campuzano, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid; una muestra antológica del Maestro en la Sala Goya, la de los artistas consagrados, era una oportunidad para poner en circulación de nuevo en España después de treinta y tantos años de ausencia, a un pintor vigente, hecho básicamente en San Fernando, con muchas cosas que decir aún en el arte, y además era su padre. Estas circunstancias lograban darle al carácter de Margarita un aire de romanticismo auténtico, sentido y vivido, con el que trasmitía un bello mensaje del alma.

Acompañé a Margarita a casa de Berrioveñas en la Calle del Prado, calle de anticuarios famosos, vecino de Ruiz Vernacci, el más importante de todos los anticuarios, al igual que el marquetero Berrioveñas, quien al desenvolver las telas del Maestro, llegadas de Bogotá en tubos de cartón, exclamó: "Otra vez Campuzano". Encargó marcos, sugirió bastidores, "con chaflán por favor", impulsó el trabajo de tarjetas y catálogos y se apoyó en las personas que podrían ayudar a nivel de la Junta Directiva del Círculo de Bellas Artes de Madrid. La Exposición fue un éxito en todo sentido, y Margarita consiguió ver a su padre de nuevo en los caminos de España recorridos en su época de estudiante, feliz, terminando tal vez una etapa importante de su vida pictórica, pero a la vez comenzando otra definitiva en su ciclo vital , motivado por la confrontación positiva de su trabajo, la buena crítica y tal vez porque no, resultado también logrado por el apoyo que de una manera muy entusiasta le brindó Margarita. Así lo sentí y así lo cuento. En estos momentos para mí no había duda de su vocación artística; me sorprendía su carácter, y comprendía la gran influencia y la confianza en sí misma que le habían logrado dar sus maestros en el Conservatorio de Madrid. Dura escuela, de lucha permanente. Formación magnífica que le permitió, después' de este largo rodeo por la música, llegar a tener éxito frente al viejo Maestro, formado en las mismas lides académicas, cuando de regreso a Bogotá, después de trece años de vida española, Gómez Campuzano le abrió a Margarita, no sólo las puertas de su estudio para aprender ahora sí, los secretos de la pintura sino su corazón, su espíritu y la esperanza en el sentido de que había encontrado la mejor depositaria de tanto oficio aprendido y tanta técnica aplicada. Margarita, madura y preparada, se volvió un sólo ser con su maestro en la identidad de valores, en la comprensión de lo útil, en el sacrificio de lo necesario y en la generosidad de lo recibido.

Pero también sus clases de guitarra a un número grande de estudiantes completaban su labor diaria. Su formación con Sainz de la Maza en Madrid en su última época, fue enteramente para prepararla en la docencia en su propio taller de guitarra clásica.

Estaba Margarita muy cerca de toda actividad guitarrística en Bogotá y la llegada de los pocos profesionales de la época era una ocasión magnifica de conocerlos, tocar con ellos en tertulias de amigos y guitarristas para intercambiar nuevas experiencias y conocer los nuevos rumbos de la guitarra clásica. Inolvidables los momentos con Carlos Barbosa-Lima y Toribio Montes guitarristas insignes brasileños, ganadores del famoso concurso Héctor Villalobos en Sao Pablo, Miguel Ángel Girolet, argentino, Ricardo Cobo Sefair, uno de los más importantes guitarristas clásicos colombianos, radicado en los Estados Unidos, y nuestro querido amigo Roberto Barragán, de origen llanero egresado del conservatorio de Buenos Aires, quien llego a ser el principal ayudante de cátedra del maestro Abel Carlevaro y con quien tuvimos la fortuna de inaugurar oficialmente nuestra Casa-Museo Ricardo Gómez Campuzano, el 25 de septiembre de 1978.

El trabajo de pintura con el Maestro Gómez comenzó con sesiones de sol a sol en el estudio y trabajos a cielo abierto en el campo.

Carboncillos, dibujo, mucho dibujo, volúmenes, espacios perspectiva, composición, teoría del color, valores, ropajes, claroscuro. Una y otra vez. Madrugadas para tratar de resolver lo no resuelto la noche anterior, y aciertos como el jarrón de la Sala Roja, "no lo venda por nada del mundo, consérvelo siempre". Después de las dificultades llegaban las compensaciones, y el campo. La Sabana de Bogotá, Chía, Cajicá, el río Bogotá, Paipa, Bonza, Tibasosa, y Villa de Leyva.

Lecciones a cielo abierto, la luz exaltando los verdes maravillosos del campo boyacense, y Margarita atrevida recogiendo en cascadas de colores, como diría más tarde Andrés Samper en su columna Bagatelas de El Tiempo en 1982, "de paisajes con un estilo, por juvenil, mas afirmativo del que aprendió de su padre y maestro".

Cuando murió el Maestro, el 12 de Octubre de 1981, a pesar de lo esperado, el golpe de su ausencia fue violento. La Casa - Museo se llenó de gente y de flores. En medio de la tristeza y enfrentando la realidad, Margarita subió al estudio, al día siguiente, después de repartir unos arreglos florales a sus hermanos, preparados por ella, y se colocó valientemente en frente al caballete de su padre, y sentándose en su propio asiento pinto "Homenaje" cuadro pequeño en tamaño, enorme en el significado; flores que perdurarán en el tiempo como símbolo de una manera de continuar haciendo pintura, decisión con coraje y responsabilidad tomada en el momento justo.

Los viajes para tomar contacto con la naturaleza en busca de nuevos temas, se volvieron el objetivo primordial de su trabajo. Conservar la inmediatez de la impresión de una mirada a la naturaleza, retenerla en la tablita de pintura con el mayor número de matices para ser llevada posteriormente a la tela con todo su frescor y espontaneidad, es con toda sinceridad el empeño de su trabajo.

En Manizales, la directora del área cultural del Banco de la República, Gloria López, dijo en las palabras de presentación de la exposición de Margarita Gómez: "Es difícil atraer la atención del propio mérito, cuando se ha vivido a la sombra y bajo la influencia de un gran Maestro. Pero Margarita ha logrado, sin tomar otro rumbo, ni abandonar la escuela paterna, captar por sus ojos el paisaje, y vibrar con emoción personal ante el ritmo, y la armonía. Son sus pinceles y su talento. Es su arte independizado del de la amada memoria".

Medellín, Ibagué y Cartagena son ciudades que junto a Manizales recibieron a Margarita entre 1983 y 1984 con generosidad, preparando la primera exposición en Bogotá fuera de la Casa - Museo, donde el Maestro Guillermo Hernández de Alba dictó una conferencia titulada "Alrededor de la pintura de Margarita Gómez". Esto sucedió en la Galería de la Cámara de Comercio de Bogotá, sede norte. Expresó Hernández de Alba: "Margarita se hace dueña de la luz en el paisaje. A la manera de los impresionistas, españoles, verdaderamente, Margarita ha seguido un largo camino en busca del paisaje y ha encontrado en el tema marino una manera de recrearse en captar esa luminosidad de nuestra Costa Caribe. El Rincón de Gaira en Santa Marta, la lejanía de Cartagena desde Bocagrande, la ensenada del viejo puerto pesquero de Taganga, las silenciosas calles de Cartagena un domingo a las 2 de la tarde, la negrita de Punta de San Bernardo vendiendo cocadas donde comienza la bellísima playa del Golfo de Morrosquillo, y El Manzanillo del Mar, único árbol existente en las Islas del Rosario hasta llegar al crimen ecológico de la Isla de Salamanca."

En Constable, el gran paisajista inglés, se dan las cualidades de sinceridad, autenticidad de las emociones vividas y verdad interior, según la mayoría de los analistas de su obra.

Cuando Polidoro Villa Hernández, expreso en 1984, en la Biblioteca Darío Escandía de Ibagué, que Margarita a la manera de Constable, trasmutaba lo real convirtiéndolo en luz, aire y color, estaba reconociendo no solamente el aspecto pictórico de su trabajo como paisajista, sino expresando su temperamento romántico comprometido íntimamente con la naturaleza a través de todos sus sentidos, lejos del carácter imitador, científico o fotográfico.

Quienes seguimos de cerca, su infatigable desplazamiento por el país con su equipaje de pintura y sentimiento, hemos llegado a pensar que su constancia indeclinable, es una actitud moral ante el paisaje.

Las naturalezas muertas, o "bodegones", como los denomino la escuela sevillana de Pacheco y Palomino a comienzos del Siglo XV II, han sido utilizadas en la historia del Arte para representar su desarrollo histórico y también las transformaciones de la sociedad y la cultura al comienzo de la modernidad. Para Margarita es y ha sido siempre el bodegón, la oportunidad de observar y estudiar los objetos y los volúmenes y su calidad material. Como artista su atención se concentra además en la influencia de la luz sobre el color de las cosas.

Temporalidad, variabilidad, casualidad son momentos de cambio de carácter de los objetos y alteración obvia del entorno. Este estudio con flores, frutos, cobres, cristales, le permite a la pintora escoger la composición afín con su temperamento y aprovechar con el conocimiento del claroscuro, la utilización del valor en el color.

El retrato, sumatoria de conocimientos que tiene el punto culminante en la descripción del carácter o la expresión íntima del modelo, no podía quedar por fuera del trabajo de Margarita, quien de esta manera cierra un amplio y variado mundo pictórico.

Niños, jóvenes, adultos, retratos por encargo o realizados espontáneamente, siempre con los modelos posando del natural, nos permiten observar una consistencia en la manera de hacer la pintura de Margarita cualquiera que sea el tema. Alternando el trabajo, se revitaliza el deseo de acertar en la próxima obra, enfrente al lienzo en blanco. Y es que la figura, el hombre, el ser, figura central de los temas costumbristas, cultivador de las flores y frutos, hacedor de los elementos y objetos, influencia principal en los cambios del medio ambiente es también el mejor vehículo para la cercanía a la realidad cotidiana. Hay que conocerlo, sentirse cerca de él y hasta donde sea posible robarle sus secretos para lograr ese parecido tan buscado y deseado.

La docencia en su pequeño taller de guitarra clásica, le sirvió a Margarita para tomar la decisión de abrir un taller de pintura para enseñar, lo que recibió y sus propios aportes.

Durante 15 años, su taller fue el propio estudio del Maestro en la Casa - Museo.

Posteriormente construyó en su propia casa de Bogotá otro, en el que trabajó hasta su traslado definitivo a Villa de Leiva, hace ya 5 años y en donde en su Casa- Estudio, construida hace ya 20 años, realizó numerosos talleres con sus alumnos de Bogotá, muchas veces acompañados por los niños de la Escuela del Roble, nuestra vereda, en esa época dirigida por la profesora Blanca Vela

Enseñando es mucho lo que se aprende dice Margarita cuando se prepara para otra semana de taller y ese motivo con la satisfacción además de la comprensión de sus indicaciones por parte de sus alumnos, la mantiene optimista en esta actividad.

En 40 exposiciones individuales, y 23 colectivas ha participado Margarita en diferentes ciudades del país y también en el exterior, siendo México Capital, San Salvador, Maracaibo, Quito, y Santiago de Cuba, los lugares donde su trabajo fue más aplaudido y valorado.

Sus expectativas crecen en la línea de que su trabajo sea más conocido y difundido, y por ello continúa su labor sin descanso.

En el conjunto de su obra pictórica o no pictórica, en su diversidad plástica o de concepción ejecutiva, se advierte la coherencia de alguien que desde muy joven se sintió atraída por el arte y en particular por la pintura.

Sus apuntes, realizados varios en Villa de Leyva, son materia prima para desarrollar, en su último estudio en pleno campo boyacense, desde donde se divisa el mitológico cerro de Iguaque, primer boceto que sale de la paleta renovada en Piedra de Luz.

Toda su ambición pictórica, se centra ahora en querer comunicar y conectar a través de su trabajo, su mundo interior, sus sueños y expresiones con un espectador objetivo con el que pueda compartir valores estéticos sin dificultad, para así prolongar, en el tiempo, sensaciones infinitas.