Pintura al Óleo, Paisajista, Restauraciones, Talleres de Pintura en Villa de Leyva
Restauración y Certificación de la obra del Maestro Ricardo Gómez Campuzano

Homenaje a Alvaro Plinio Rengifo. Palabras de Despedida

“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y cuando mi piel haya sido destruida, todavía veré a Dios con mis propios ojos. Yo mismo espero verlo; espero ser yo quien lo vea y no otro. ¡Este anhelo me consume las entrañas!” Son palabras del libro de Job, hombre íntegro, que vivió muchos años antes de nuestro Señor Jesucristo.

Puedo identificarme hoy con Job. Un triste día perdió mucho de repente, a todos sus hijos, y de manera verdaderamente trágica. Pero si puedo identificarme con él en su dolor, cómo no voy a hacerlo en su esperanza, si he conocido al Redentor que él tanto anhelaba. Al Vencedor de la muerte, a quien he recibido en mi corazón. Quien eligió hacerse hombre, viviendo así todas mis aflicciones y sufrimientos, menos el pecado, para cargarlo todo en una cruz y pagar así tan altísimo precio por mi recate.

Sin importar en qué parte del camino experimentemos el sufrimiento, hay algo claro. Dios es bueno y fiel, y como hizo con Job, nos tiene reservado lo mejor para el final. “Tiene planes de bienestar y no de calamidad, para darnos un futuro y una esperanza”, dijo el profeta Jeremías.

Dios es bueno. Sabio, santo y justo. Su amor por nosotros se manifiesta de múltiples maneras, y hoy estoy aquí para honrar a uno de esos dulces emisarios.

Quienes tuvimos la fortuna de conocer a mi padre, sabemos que describir en pocas palabras a Alvaro Plinio Rengifo Pardo, su vida y su carácter, no es sencillo. Cada quien tiene un recuerdo particular en el que prevalece alguna o varias de sus cualidades. Su integridad, su vocación como hombre de familia, su entrañable afecto hacia mi madre, su ejemplo como padre, como hijo, como hermano y amigo, han dejado una profunda huella en nuestro corazón.

¿Cómo no sentir admiración por él cuando, ante mis ojos, papá asumió que la vida era entregarse por completo a los que amaba, resuelto a poner en práctica los principios que había aprendido de sus padres, Plinio y María Helena?

Pude presenciar tempranamente esa realidad de la vida, esa disposición generosa de su corazón, en la manera como se preocupaba y sufría por mi abuela María Helena, cuidando que nada le faltara. Una imagen tan sublime como difícil de entender para un niño. Pero se lo recordé a papá hace algunos meses. El apóstol Pablo nos dice que “Honrar a padre y madre es el primer mandamiento con promesa, una larga vida sobre la tierra, y que le irá bien a quien lo practique” Papá no sólo fue un buen hijo y obtuvo esa promesa, porque Dios es fiel, sino que siguió honrando a sus padres toda su vida, sin importar las heridas que cargara en el alma.Con ese mismo amor infatigable, mamá lo cuidó luego a él. Son aquellos pequeños actos de obediencia que no nos dan renombre, pero que se escriben con tinta indeleble en el Libro de la Vida.

Puede que no sea la persona más objetiva para hablar sobre papá, pero sí puedo hablar de lo que he sido testigo, y tengo que decir que la gracia de Dios lo sostuvo entre nosotros mientras el Señor quiso y nos hizo ver más claramente que nos movemos de milagro en milagro, caminando sobre el agua, como viendo al Invisible.

Hoy hace diez años, cuando el trasplante era sólo una remota posibilidad de vida para él, mi mejor regalo de cumpleaños, y el regalo adelantado de mamá, y el de Juan Pablo, fue ese hígado misteriosamente similar al suyo, que llegó literalmente caído del cielo. El 20 de febrero de 2007 él era intervenido y poco después, en cierto sentido, regresaba de los muertos, igual que Lázaro. “Dios me dio otra oportunidad”- me dijo entre lágrimas. Puedo testificar también, que, a partir de ese momento, su fe tuvo un renacer. Cuando hablaba con papá y me relataba sus experiencias, no eran la de un hombre matriculado en una religión, sino de alguien que estaba involucrado en una relación.

Como nunca antes, sentí curiosidad por alcanzar las profundidades de su corazón. La energía que iba abandonando su cuerpo poco a poco, era compensada por el orgullo que sentía al enterarse de los logros y alegrías de sus hijos y nietos. No sabíamos que teníamos justo diez años, pero gracias a Dios, ese tiempo le bastó para vernos crecer como familia, como personas, en diferentes áreas, y para convencerse de que nos había llevado a puerto seguro, desde donde podíamos continuar sin él.

Aún así, es ahora, cuando más extraño a ese gentil caballero, que parecía no temerle a la vida, aunque esta, a veces, pareciera abrumarlo. Los reveses y las decepciones, sin embargo, no lograron frenar su determinación, su deseo de llevar a la práctica lo que creía, con espíritu generoso, solidario, sensible. Con una caballerosidad que demostraba la existencia de San Jorge y el dragón, que justificaba una vida entera del doctor Alfonso Casas Morales dedicada a la educación, así sólo le hubieran tocado los últimos años del bachillerato en el Gimnasio Campestre. Y aunque me diera cuenta que afuera, en el mundo, escasean cada vez más los “San Jorges”, la caballerosidad de Álvaro Plinio causó tan honda impresión en mí, que me hizo querer imitarlo, tomar su bandera y tratar de caminar como fuera posible por un mundo que espiritualmente se asemeja cada vez más a la espectral visión de un desolado campo de batalla cuando todo ha concluido. Papá hizo que me resultara imposible concebir el honor y la vida de otra forma.

No sé si sería ese aire galante, encantador, desprovisto de arrogancia, lo que le permitía entrar tan fácilmente en el corazón de las personas. Capaz de recordar con extraordinaria precisión cada pequeña anécdota de su niñez y juventud, les otorgaba un encanto tan literario y peculiar, que cuando las relataba, sin importar si la historia se desarrollaba en Bogotá, Ibagué, o en un pueblito de Francia o España que a veces sólo él sabía que existía, papá era capaz de transportarnos allí con los prodigiosos recursos del capote de su alma, llevándonos suavemente por depuradas verónicas, a través de las páginas de sus incansables y románticas crónicas, entrelazadas finamente, como la novela de su propia vida, en la que sus oyentes, como lectores cautivos, debíamos simplemente rendirnos ante la evidencia de que la vida es bella.

Con esa misma cadencia, a ritmo de bambucos y boleros que fueron fundiendo el alma de papá y mamá mientras interpretaban el tiple y la guitarra, como el soldadito de plomo y la bailarina de papel ardiendo en el fuego de un amor eterno, los años pasan como si fueran días, y ya no sé si los oigo en medio de un encuentro musical durante el Festival del Folclor en Ibagué, en la casa de la 142 de Bogotá, o en un recatado patio leyvano, rodeados de amigos entrañables, de diferentes generaciones a veces, pero que al oírlos, parecen conectarse, convertirse en una misma familia, bautizada en las aguas vivas de la cultura y el arte, instrumento divino que nos ayuda a sacar la mejor versión de nosotros mismos.

Esa “bella música interior”, expresión con la que papá se alegró de poder describir el efecto que le causaba la pintura de mamá, prevaleció y no pudo ser apagada, ni siquiera por voces y sentimientos oscuros que casi sistemáticamente se les oponían, pero que en lugar de destruirlos los hicieron más fuertes, porque quizás no haya nada más peligroso que dos soledades cuando se encuentran, y se entregan confiadas bajo la mirada de Dios, para que se cumpla su Palabra cuando dice que “cordón de tres dobleces no se rompe fácil” y también la apasionada declaración del Cantar de los Cantares, que afirma, que “las muchas aguas no podrán apagar el amor”

Por el contrario, en lugar de sucumbir ante las cajas destempladas de la humanidad sórdida y baja que por momentos los acorralaba, esa misma música, en alas de otro milagro, atravesó el océano para que ambos se encontraran, a miles de kilómetros de su tierra natal. España, para mí, más que el lugar donde nací, representa la gracia divina, que se manifiesta en pleno desierto cuando somos más débiles. Significó para papá y mamá, la posibilidad de conocerse, de amarse, de asumir con madurez la responsabilidad de conformar una familia, donde la principal regla fuera el amor, un amor en el espíritu, capaz de superar las heridas y enfrentar todos los retos, otra evidencia contundente, de cuánto nos ama Dios, y de cómo “nos da todas las cosas mucho más abundantemente de lo que podemos pedir o entender”

Y así, en la libertad que sólo da el espíritu, que no se recibe por el simple hecho de haber nacido bajo una determinada religión, familia o posición social, de la mano de mamá, papá fue desarrollando su acentuada sensibilidad hacia al arte y la cultura, en cada uno de los escenarios de la vida. Cuando conoce al maestro Ricardo Gómez Campuzano, no sólo lo admira como el gran artista que es, sino también, como el ejemplar hombre de familia, que en muchos aspectos le hacía recordar a mi abuelo Plinio, a quien había perdido cuando tenía 15 años. Surge de manera natural una bella afinidad y una profunda amistad, que lo marcarían para siempre.

Como director cultural de la Asociación Ricardo Gómez Campuzano, fuimos testigos de sus enormes esfuerzos por difundir la obra del maestro y a la casa museo como necesarísimo escenario del arte y la cultura para todo el mundo, sueño de Tita y papá Richard, que como toda causa que valga la pena en la vida, no estuvo exenta de oposición y dificultades, y cuyo final feliz acabamos de celebrar, con la donación, por parte de la Asociación, de la obra del maestro y de la casa museo al Banco de la República. Su ciclo allí, también se cerró, ayudando a preservar y difundir exitosamente este patrimonio histórico y cultural, como mis abuelos maternos lo deseaban. Una vez más ahí estaba Álvaro, haciendo lo que mejor sabía hacer. Ser amigo. Ser buen hijo.

Cuando las cosas se aman, se llegan a conocer a fondo, y eso fue lo que le pasó a mi padre con la vida y obra del Maestro Gómez Campuzano, de las que se convirtió en experto, mereciendo el honor de escribir el libro sobre el maestro editado por Benjamín Villegas, junto al historiador Guillermo Hernández de Alba. Conversar con papá, por momentos, era surcar el tiempo y el espacio para acompañar al maestro en sus diferentes viajes, exposiciones y aventuras. Los que no conoció de primera mano, sé las contó el mismo, cuando sus vidas se cruzaron, o más tarde, en medio de las tertulias domingueras que se formaban en la casa de la 80, al compás de animados aperitivos que a papá le encantaba promover, reteniendo, con ese sencillo ritual, el placer de escuchar al Maestro mientras estaba con nosotros.

Fruto de esa admiración, gestión y conocimiento, que fueron ampliamente reconocidos en el medio cultural, papá tuvo la satisfacción de ser nombrado Presidente de la Asociación Colombiana de Museos, miembro del ICOM, su homólogo internacional. Su deseo de posicionar a Gómez Campuzano y a la Asociación en el ámbito cultural y museológico del mundo, lo llevó lejos, avivó en su alma el amor que siempre sintió por la historia, y lo motivó de nuevo a escribir, vocación de la que dan fe los tempranos cuadernos de su diario en Francia, y las conferencias sobre historia del arte que dictaba a las alumnas del taller de mamá.

Durante sus últimos días con nosotros, pudimos constatar con cuánta pasión, respeto y disciplina, papá se dedicó a escribir un libro sobre la vida nuestro abuelo el doctor Plinio Rengifo Montealegre, una vida de novela para un mundo que necesita conocerla, texto al que sólo quedó faltando una parte, y que, con la ayuda de Dios, le ayudaremos a terminar, como una manera de agradecerle, de honrar su vida y trayectoria como gestor cultural, y quizás lo más importante: como mentor e impulsor de la vida y obra de Margarita Gómez de Rengifo.

Y ese fue el trabajo del que papá se sintió más orgulloso. Sabía mejor que nadie que, ella, por él, hasta le robó horas a la noche, dando clases de guitarra clásica para ganarse los pesos que nos permitieran levantar vuelo, sacrificó horas que podía estar con sus hijos, aprendiendo de su maestro y ayudándole, con callada devoción y reverencia, procurando pasar desapercibida, para no importunarlo, como un obediente fantasma, dulce búho de las soledades, ansioso por absorber, como siempre quiso hacerlo, el conocimiento y experiencia de su padre, quien a su vez estuvo dispuesto a derramar la unción de su legado y cubrir el alma de su hija y discípula con una túnica de colores.

Esos años la preparaban para este momento. Para el futuro. Y papá lo entendía. Por eso, cuando llegó el momento, asumió con alegría y orgullo su papel como co-equipero. Su objetivo siempre estuvo claro: ayudar a Margarita a encontrar su propio camino y su propia identidad en el arte. De eso, creo, no quedan dudas, y muchas personas al igual que yo pueden testificar que esa importante tarea en la vida de papá, a lo largo de una extensa y productiva carrera pictórica, también fue cumplida a cabalidad.

Una vida intensa, de constante servicio, de la mirada dulce, la palabra suave y la sonrisa amable, que tanto vamos a extrañar, por un tiempo. Me gusta pensar que éramos su motor, la razón que hacía iluminar sus ojos, la inspiración que lo hacía sentirse realizado. Y concluyo que sí, que nunca veía a papá tan feliz como cuando hablaba de sus hijos y nietos. Me emociona recordar el orgullo que sentía al oír tocar a Juan Pablo; al ver el producto final de mis escritos (aunque la mayoría no nos sirvieran para sobrevivir); al conversar con José Daniel sobre sus rápidos progresos en la carrera de derecho; o con Andrés, para conocer por Skype sus proyectos arquitectónicos; o cuando jugaba con Mateo y con Santiago, tal como lo hizo con nosotros.

Con Carol y Omy disfrutamos el privilegio de tener, no sólo un abuelo amoroso que adoró a nuestros hijos, sino el cómplice perfecto, con el que podíamos tomar el pelo y perfeccionar múltiples imitaciones suyas, en largas e improvisadas noches de teatro, en las que tal vez varios de ustedes nos acompañaron a morirnos, pero de la risa, porque allí donde había buen sentido del humor, Álvaro Plinio se sentía en casa.

La mejor lección de todas, me la enseñó día a día, amándome pacientemente. La lección de un padre que ante todo es el amigo de sus hijos. Siendo este el caso con un amor que es imperfecto, ¿no estará buscando nuestro Padre Celestial lo mismo de nosotros, nuestra amistad, en lugar de tanta rigidez, vacío ritualismo y vanas repeticiones? Perdón, sólo parafraseo las palabras de su Hijo.

Han quedado atrás los domingos en que pensaba aterrorizado que al día siguiente tenía que ir a estudiar. Papá hizo su parte. Es un bello domingo. Porque ahora, “Yo sé que mi Redentor vive”

Y como en los domingos que me llevaba de la mano al estadio, casi siempre a ver ganar a mi equipo, aunque el resultado fuera predecible, nada se comparaba a la emoción de las horas previas al partido, porque yo sabía que Él siempre cumplía la cita. “Saber que vas a ganar, y saber que quien te compaña, no fallará, que te ama con todo su corazón”: ¿Qué más se puede pedir?

Hoy, como en aquellos domingos soleados, vuelvo a encontrarme con que no he perdido. Soy más que vencedor por medio de Aquel que me amó. Y aunque ahora el Tolima de papá gane mucho más que mi equipo, y ya no esté aquí para comentar con él los resultados, me doy cuenta de lo afortunados que hemos sido, y doy gracias a Dios.

Gracias a todos ustedes, por dejar sus cosas y viajar para acompañarnos a honrar la memoria de papá. Aunque él no esté presente corporalmente, lo está, en espíritu, porque una vez unido a Dios en el cielo, y habitando Dios en nosotros, que somos su templo, queda como difícil dividirnos; en lugar de eso nos hemos empezado a sintonizar mejor.

Pero todo eso es posible cuando hay vida el espíritu, cuando reconocemos que Jesús es nuestro Señor y Salvador y dejamos que el Espíritu Santo nos confronte, nos consuele y nos recuerde de quién somos hijos. Doy gracias a Dios porque fue misericordioso, y puso junto a papá y mamá a vecinos y amigos maravillosos, entre ellos a un siervo suyo como el padre Arcesio, quien fue un precioso instrumento para saber entenderlo, hablarle las buenas nuevas, y abrazarlo con el mensaje del amor y el perdón, sin el cual es imposible alcanzar la verdadera paz.

Pero aún cuando el alma está enferma, porque la han herido, cobro esperanza cada vez que recuerdo las palabras de mi amado Jesús en el Sermón del Monte: “Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión. Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios”

Yo creo que el Señor cargó en la cruz con la enfermedad de papá, soportó su dolor, fue golpeado, humillado y traspasado por su iniquidad humana, para hacer por Álvaro Plinio su milla extra, y por medio de sus heridas, darle la sanidad perfecta.

Y creo que nos ha reunido aquí, en torno a la memoria de mi padre, con un propósito, y que su gran anhelo es que cada uno de los que estamos aquí, sin importar cuán grande sea nuestro proyecto de vida, dolor, o soledad, o cuál sea nuestra situación, podamos renacer y decir junto a Job: “Yo sé que mi Redentor vive” Que me ama, con amor eterno, incondicional, y si en mi corazón me vuelvo a casa, Él se encargará de todo, para esperarme al final, y darme junto a Él, la mejor parte.

Aprovecho para expresarlo hoy, ante ustedes, porque un día, tampoco estaré aquí. Mientras tanto me regocijo en todas las promesas de Dios, en Jesús, su Hijo, en quien he hallado mi fortaleza y mi más grande tesoro.

El apóstol Pedro, cuyo nombre se traduce como “piedra”, afirma en su primera epístola que “…al acercarnos a Cristo, piedra viva rechazada por los seres humanos, pero escogida y preciosa ante Dios, nosotros también nos convertimos en piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual”

Ahora entiendo un poco mejor que Piedra de Luz, no sólo es el nombre que papá y mamá le dieron a su casa en Villa de Leyva.

Para mí ambos serán siempre esa piedra de luz, como lo han sido para el mundo, dos vidas momentáneamente unidas en una carne, para entregarnos un mensaje que ya los ha hecho trascender, un mensaje que nos sigue inspirando.

Gracias, papá, por ese mensaje sencillo que atraviesa mi alma, que me compromete a seguir luchando y a buscar primero en mí mismo hasta que sea capaz de hallar, si Dios lo concede, esa misma pasión que ilumina, que transforma y que convence de que, tanto en la pintura, como en este breve viaje terrenal, la verdad existe y vale la pena dar la vida por ella.

Sí, papá. Mucha razón tenías cuando resumiste, refiriéndote a la pintura de mamá, y lo que producía en ti, que la vida, por encima de todo, es: “belleza, serenidad y espíritu”

Francisco Rengifo Gómez.

Villa de Leyva. Febrero 19 de 2017.